Querido Nani:
También vi la película de Toy Story 3, ya la había visto en Argentina y el lunes la volví a ver. Llegué a la misma conclusión que tú. De repente salí del cine con la intensa sensación de haber terminado una etapa de mi vida. Lloré mares cuando vi el final de la película (que no voy a desvelar por si alguno de nuestros lectores no lo ha visto todavía) pero luego pensé: “¡qué narices!” y saqué del bolso de una amiga un muñeco que conoces, Nani, porque lo compré contigo. Es “un libélulo” que le bautizamos con el nombre de Lolo, creo que sabes de quién te hablo. La cuestión es que saqué a Lolo del bolso y me lo planté en la cabeza. Sabes que hay veces que mi cabeza no funciona del todo bien y necesita una pequeña escapatoria de la rutina, así que me puse a “volar” con Lolo en la cabeza por el centro comercial de Príncipe Pio. Para los que no sepáis quién es Lolo, os lo explico: es una libélula de plástico duro de más o menos 30 cm que compré en un chino. ¡Tiene una cara muy graciosa! Con unos ojos enormes y la lengua sacada. Bien, ahora imaginaros a Lolo en mi cabeza y yo corriendo por el centro comercial...Es un juguete, como lo es Woody, o Buzz Light Year y quise jugar con él. Yo tengo esa extraña manía de hablar con objetos inanimados, pero realmente lo hago porque siento que, en caso contrario, les pasará como a los juguetes de Toy Story, nadie querrá jugar con ellos…
¡Y sabéis de qué hablo! Todos nos hemos agarrado alguna de esas que son memorables (eh ¿C, M, P?) (paréntesis del paréntesis: no pongo nombres, pero ¡sabéis quien sois!) Yo recuerdo frases como: “¿Midas? ¿Quién coño es ese?” o “¡¡¡Un coche azul!!!” o también: “Te conozco desde junio, pero ¡me caes de p… madre!”…
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